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Dado que los recursos sociales son siempre limitados, el despilfarro debe entenderse como una infracción ética, ya que priva de atención a otras personas con necesidades legítimas.

Eduardo Amadeo — Economista, Presidente de la Asociación Civil Observatorio Social, Diputado Nacional (MC) — Clarín, 18/05/2026
 
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Debo reconocer cuanto me cuesta opinar sobre un artículo del Dr. Roberto Gargarella, a quien respeto no solo por sus saberes, sino por su compromiso y valentía cotidiana en la defensa de sus principios. Pero en el artículo titulado "El acuerdo fundamental es la Constitución" (Clarín, 07-05-2026), desarrolla afirmaciones que merecen comentarios.
Tal vez su eje está sintetizado en la siguiente frase: "cualquier programa económico, o cualquier esquema de seguridad, o cualquier propuesta de reordenamiento moral, resulta válido sólo si, y en la medida en que se someta a las fuertes garantías y exigencias sociales y económicas que desde hace décadas ha establecido la Constitución". No cabe duda que nuestra Constitución representó un enorme avance en materia de "garantías y exigencias sociales y económicas"; que brindan un marco de acción muy ponderable.
 
Sin embargo, también es posible preguntarse si los modos de interpretación de esos derechos por parte de los actores políticos han contribuido siempre al logro de los objetivos esenciales que propone la Constitución; tanto en el funcionamiento de la economía cuanto en los referidos al bienestar de los más pobres y sus posibilidades de progreso hacia el logro de sus capacidades, como afirma el Premio Nobel Amartya Sen.
 
La experiencia de muchos años nos muestra cómo el populismo —aun con su proclamada defensa de los derechos sociales básicos— ha hecho poco para lograrlos, a pesar de la invocación central al rol del Estado; costumbre habitual en su discurso y práctica, pero sin un compromiso real en términos de calidad y efectividad, conceptos críticos para analizar el impacto del Estado en el logro de los derechos básicos de nuestra Constitución.
 
Lo notable es que hay numerosa literatura —y práctica— populistas que cuestionan la calidad de las políticas públicas ignorando y a veces negando que sean herramientas relevantes para el logro de objetivos de "justicia social", en una discusión cargada de intereses políticos.
 
Es posible que ese rechazo al valor de la calidad y la efectividad se deba a que son conceptos incompatibles con la politización de las prestaciones; vicio que incluye desde la selección partidaria de beneficiarios hasta el ocultamiento de los fracasos y cuyas víctimas son obviamente los pobres, como lo vimos en el escandaloso manejo político de los subsidios a la vivienda y casos similares, que son incumplimientos claros de derechos humanos básicos que violan el texto constitucional.
 
Otra dimensión relevante para asegurar el logro de los derechos es la eficiencia; palabra también cuestionada por el populismo. Pero dado que los recursos sociales son siempre limitados, el despilfarro debe entenderse como una infracción ética, ya que priva de atención a otras personas con necesidades legítimas.
 
Otra dimensión importante es la legitimidad social. Cuando el Estado promete soluciones que no se materializan, se erosiona la confianza ciudadana en las instituciones democráticas, lo que representa un daño ético al tejido social y cuestiona el mismo valor de los derechos esenciales.
 
Lamentablemente, el campo de la educación es un espacio en nuestro país en el que los vicios asociados a la proclamación sesgada de derechos ha generado más daños. Es difícil encontrar declaraciones políticas que otorguen igual importancia —para el logro de los objetivos constitucionales— a los derechos sindicales con los de los alumnos. Y en el campo universitario, la referencia obsesiva a los sólidos derechos proclamados en la Constitución ha frenado cualquier referencia a vicios que no sean los conectados con la cuestión presupuestaria. En ambos casos, estos excesos generan daños irrecuperables, en especial para los más pobres.
 
Es posible también extender esta discusión al campo económico, que menciona el Dr. Gargarella; y pensar si cláusulas programáticas de la Constitución son objetivos a alcanzar y no derechos de cada persona. Para lograrlas es tan importante asignar recursos como ver qué se hace con ellos, teniendo en claro que ningún camino correcto pasa por generar inflación y pobreza gastando más de lo que se tiene.
 
No pretendo en modo alguno cuestionar el compromiso cotidiano del Dr. Gargarella con la importancia esencial de nuestra Constitución. Pero sí quiero remarcar que la trascendencia de estos análisis debería asociarse con la responsabilidad de los actores políticos por los métodos para lograr los derechos que dicen defender.
La ignorancia o menosprecio de estos procesos son las razones del fracaso que ha generado tanta pobreza, mientras los discursos exaltaban el compromiso con los derechos, olvidando que hay una obligación a cumplir cuando los instrumentos son públicos, porque no es más solo el "cuánto", sino también el "cómo" y el "para qué".
Y esta obligación de eficiencia puede —sin duda— ser parte del acuerdo político que propuso Luciano Laspina en su discurso en CIPPEC; sin agredir a la Constitución sino reforzando su espíritu.
 
Hay aún muchos dirigentes políticos que necesitan optimizar su trabajo en el campo social, y el Gobierno está desarrollando una tarea muy encomiable para universalizar las buenas técnicas de administración. Un acuerdo que marcase objetivos compartidos de fuerte contenido ético y operativo, sería un enorme aporte al objetivo constitucional de "promover el bienestar general".

El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) con base en la EDSA agenda para la equidad 2023 presenta una pirámide estructural de las 3 argentinas. Siguiendo la publicación de la ODSA encontramos una sociedad que se enfrenta a desigualdades estructurales que se reflejan en las oportunidades laborales, de movilidad social, inversión en capital humano y valores socioculturales. Si bien el equilibrio macroeconómico ofrece nuevas perspectivas, el desarrollo sostenible requiere políticas públicas enfocadas en educación, empleo e inclusión social.

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Publicación de ODSA

Por Fernando Mao, presidente de la RATT Internacional  

Nos unimos a la conmemoración de un hito histórico en la protección de los derechos humanos: el aniversario de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989. Este instrumento internacional marcó un antes y un después, al reconocer a niñas, niños y adolescentes como sujetos plenos de derechos, con voz, necesidades y sueños que los Estados tienen la obligación de proteger y garantizar.

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Hay una palabra en francés que a la doctora Ana Inés Ansaldo le gusta especialmente: apprendre. Le agrada por su naturaleza anfibia, que la hace partícipe a la vez de dos especies simbióticas en el ecosistema del conocimiento; porque, además del casi obvio significado de “aprender”, un matiz le atribuye también el sentido de “enseñar”. “Me encanta –ha dicho Ansaldo en entrevista académica-. Es la misma palabra para el alumno y el profesor; representa bien los intercambios que tengo con mis estudiantes, ese espíritu de cocreación. Incesantemente me impulsan a refinar mis pensamientos, y el resultado es mucho mejor”.

El currículum de la doctora Ana Inés Ansaldo traza el recorrido de una pasión. Argentina instalada en Canadá, dirige el Laboratorio de Plasticidad Cerebral, Comunicación y Envejecimiento del Centro de Investigación del Instituto Universitario de Geriatría de Montreal y es profesora titular de la Escuela de Fonoaudiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de esa misma ciudad. Munida de esos saberes y de una curiosidad insaciable, ha emprendido un viaje desafiante al interior del cerebro de las personas que padecen severas dificultades para comunicarse (fruto, principalmente, de su condición neurológica), con la misión de conocer, comprender y, en la medida de lo posible, ayudar.

Autora: Verónica Chiaravalli

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La energía social es una capacidad individual y comunitaria que tiene un valor solidario y que nos permite a todos, gracias a su desarrollo, ayudar a transformar nuestra sociedad para convertirla en un lugar más justo para todos. Se basa en identidades éticas sustantivas y en una participación más activa que es necesaria para el funcionamiento de una sociedad sana. Como dice Dennis Mc Cann “el bien común es la búsqueda del bien en común”.

Eduardo Amadeo, economista y miembro del Consejo Asesor del Observatorio Social, escribió una columna en Clarín analizando cómo la politización de las instituciones quitaron la capacidad transformadora a la energía social, algo que es esencial recuperar.

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