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Artículo de Eduardo Amadeo para el Diario La Nación · 1 de agosto de 2017

amadeo-osUsando las redes sociales como indicación de los sentimientos de la gente promedio, vemos cuánta ternura y solidaridad despiertan los niños golpeados o desnutridos. Toda imagen de abandono desata ofertas de ayuda y comentarios sensibles. Pero cualquier referencia a un adolescente delincuente o adicto a las drogas provoca sentimientos agresivos, que van desde la demanda de mano dura hasta pedidos de encarcelamiento temprano. Ninguna compasión. Esos jóvenes -aún casi niños- son la amenaza de la posible muerte de los lectores, mientras que la de ellos no sólo importa poco, sino que además será bienvenida. 

Un reflejo de ello es la cantidad de instituciones que se dedican a cuidar a unos y a otros. Prestigiosos ciudadanos abrigan a niños con diversos desamparos y son aplaudidos en los medios. La pobreza infantil es el más desgarrador ejemplo del fracaso argentino.

Nada parecido sucede con los jóvenes. Para ellos, encierro. Cierto es que es más fácil sacar a un niño de la desnutrición que a un adolescente de la droga, pero la imagen de los jóvenes en los medios esta más asociada a droga, delito y violencia que a las naturales dificultades que tiene la adolescencia en la pobreza. Los niños no son responsables de su desnutrición; los adolescentes parecen responsables de sus carencias.

 

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